Thursday, November 20, 2008

La receta de David

Esta es la receta de SOPA DE MANZANAS AL CURRY de David “El Belga”. Y añado el comentario que hizo en su blog antes de ponerla: “Un belga que vive en Japón le da a su amiga española que vive en Rusia una receta que aprendió de una colombiana para que pueda impresionar a su amiga coreana”. Ele.

Ingredientes para 3 o 4 personas:

  • 2 manzanas golden grandes

  • 2 cebollas

  • 100 gramos de mantequilla

  • 1 litro de caldo de pollo

  • 2 cucharaditas de curry

  • 1 cucharada de harina o maizena (opcional)

  • 1 tacita de nata de cocinar

  • El zumo de un limón y una pizca de pimienta (recién molida está mucho mejor) para aliñar.

Receta (¼ de hora largo)

  1. Cortar las cebollas en láminas finas y las manzanas en dados.

  2. Derretir la mantequilla en la olla a fuego lento

  3. Sin que se frían, rehogar las cebollas en la mantequilla fundida

  4. Cuando las cebollas estén blandas y antes de que se doren, añadir el caldo de pollo (o bien añadir agua tibia y un cubito avecrem)

  5. Añadir las manzanas y el curry (si se decide echar maizena, ahora es el momento) y llevar a ebullición durante 7 minutos.

  6. Quitar la olla del fuego, añadir pimienta y nata y pasarlo por la batidora

  7. ¡Listo! Servir con el zumo de limón (al gusto de cada uno).

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Wednesday, November 19, 2008

Izhevsk y la accesibilidad

Izhevsk es una ciudad moderna donde prima ante todo, la selección natural. Ya hemos hablado sobre los reflejos que hay que desarrollar para cruzar la calle. No se si he mencionado la perfección de los habitantes de esta ciudad. Y digo perfección porque son muy sanos y fuertes. No he visto, en dos meses, una sola persona en silla de ruedas o un ciego. Claro que teniendo en cuenta el estado de las calles y la accesibilidad de los transportes públicos, si los hubiera visto, habría sido un milagro. Para los ciegos, hay semáforos que suenan, como en toda ciudad del Siglo XXI, pero ya sabemos que semáforos hay pocos, así que donde no los hay, toca cruzar de la manita. De todas formas, es como si no los hubiera, así que mejor cruzar de la manita en cualquier caso.

También me he fijado (para evitar más de una caída y aún así la ha habido y bastante buena, por cierto) en el estado de las carreteras y aceras. Están, absolutamente todas, llenas de baches y agujeros. Eso por no hablar de que algunas calles no tienen baldosas con lo que, o es un barrizal cuando llueve o es un empedrado ondulante de hormigón. Para una persona que pueda usar su cuerpo a su antojo es un desafío, sobre todo ahora que se está acabando el otoño. Cuando llueve, no hay charcos, hay lagos que puedes esquivar metiéndote en el césped, que se ha convertido en un barro de arenas movedizas. Cuando nieva, sí se puede andar, de hecho algunos de estos baches se “alivian” un poco gracias a la nieve acumulada. El problema es que, después se hace hielo. Empiezo a hacer el doble axel sin inmutarme. La próxima compra son unos patines. Total, que si llegas a casa entero y sin manchas, es digno de una foto. Y si no, que en mi caso, es siempre,la señora de la limpieza tiene trabajo.

En lo que es el transporte público, tenemos: autobuses de la era soviética (o bien modernos autobuses de los años 70 coreanos), trolebuses de la era soviética (fijáos si será antigua la palabra trolebús que me la marca el word como desconocida) y tranvías de la era soviética. Todos ellos caracterizados por una entrada que he decidido bautizar de “templo azteca”. Las puertas se abren y te encuentras con tres escalones de unos 25 centímetros de altura cada uno y el espacio justo para poner la mitad del pie. Las abuelas se curan de la artritis con esto. Buenísimo pa todo. Una vez dentro, el pasillo es muy estrecho (una sillita de bebé no cabe o cabe a duras penas) y la gente va apiñada por sistema. Ya me voy acostumbrando pero los fines de semana sobre todo, un olor a vodka rancio y sudor inunda cualquiera de estos transportes.

Así pues, un parapléjico debe comprarse una silla 4×4 si quiere salir a pasear. Los tetrapléjicos no tienen nada que hacer. Yo supongo que estarán todos encerrados en sus casas porque es imposible que salgan. Puede que se hayan ido a otras ciudades más modernas o a otros países, a Europa, no sé. Lo que está claro es que ir a la universidad se parece cada vez más, a medida que avanza el invierno, a una película de Indiana Jones.

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Monday, November 3, 2008

Mi amiga está mala

Estamos de puente hasta el martes. Quedamos mi amiga vietnamita y yo en que el domingo me pasara por su casa de visitilla. Y me manda un mensaje misterioso diciendo que no podía ser, que para otro día. Al día siguiente, me llama, convaleciente y me dice que está mala. Yo la entiendo poco, porque por teléfono me cuesta un sudor entender lo que me dicen. Después de un rato, entiendo que está en el hospital, le digo que me diga en cuál, que voy a verla. Al principio no quiere, pero cuando le insisto en que sí que voy, me manda recados. ¿Ves cómo si querías?

Hoy he ido a ese hospital… Qué aventura. No quiso venir nadie conmigo porque tenían que irse de compras. Invierno obliga. Me dijo qué autobús coger, que me fuera a la estación de autobuses. Voy p’allá, que está lejísimos, al lado del mercadillo del que hablaré otro día cuando lo tenga controlado, y no era allí porque esa es la estación de autobuses interurbanos o interrepublicanos… no sé qué alcance tiene, la verdad. Total, que voy a buscar el autobús a otro lado y mientras, la llamo. Me dice que se equivocó y que coja el trolebús. La picatiques del trolebús (que aquí se llaman “konductior” y no sé cómo se llama la conductora… Siempre son mujeres, pero ya hablaré de eso otro día) muy maja, me explica que voy en el sentido equivocado pero que me quede, que ya da la vuelta. Tardé 15 minutos en entender eso, pero bueno. Sólo me cobro una vez, un detalle.

Llego al hospital. Tuve la precaución de mirar dónde está el hospital en el plano que tengo en la pared de mi cuarto y viene siendo donde Cristo perdió las sandalias. Está casi fuera de la ciudad y es un barrio entero lleno de edificios donde ingresan a la gente. Y es un barrio, no un complejo hospitalario porque cuando yo llegué ningún cartel indicaba que eso era un hospital. Podía ser un hospital o no, los edificios son iguales que mi residencia y que las casas de alrededor. Supe que lo era porque al lado de un edificio del año de la polca, había una ambulancia. Voy a la puerta, que como todas, parece la de un búnker, con código de seguridad y busco “Ginecología” que se dice igual y su código correspondiente. Llamo y no contesta nadie. Llega una ambulancia con gente dentro que pasa por esta puerta y paso detrás. Creo, no estoy segura porque no había ningún cartel ni nadie a quién preguntar, que eso era urgencias. Dentro de una hora, descubriré que había llegado al buen sitio pero la señora de la ambulancia me explicó mal. Me mandó a Oncología (que sí parece un hospital si lo ves de frente, pero la puerta principal no da a la calle principal, con lo que le ves el culo y parece igual de viejuno que el resto). Un abuelillo muy simpático vestido de militar (?) que estaba en la recepción pero que salió a fumar un momento, me vio muy perdida y me dijo que diera la vuelta a la puerta principal porque por dónde yo iba, los fines de semana (eehh…hoy es lunes) no se puede pasar. Me dice que busque el nombre de mi amiga en una lista. Después de media hora de búsqueda, de llamar a mi amiga y de comunicarme malamente con el abuelete (es que pronunciaba muy mal, creo que tenía dentadura postiza), vuelvo a llamar a mi amiga y le pasó directamente con el señor. El señor, que era un sol, dejó empantanada la sala de espera para acompañarme a una puerta trasera supersecreta (cerrada con un candado muy gordo y un cartel que decía “No es una salida” por dentro y “No es una entrada” por fuera [vyhod net y vhod net, respectivamente]). Me señala el edificio de enfrente que es el mismo al que yo había llegado una hora antes. Mira, es ahí, vas y preguntas y si no es en ese lado, es en el otro.

Una sala de espera pequeña, llena de gente de visita, la recepción y junto a ella, una señora que vende ropa de abrigo. Me pongo a subir escaleras porque me dijo mi vietnamita que era en el piso 4 (que no se dónde está el circulito de los números y los grados para poner “cuarto”). Un edificio, viejo, viejo… unas escaleras… un ambiente. Cómo me pase algo y me tengan que ingresar ahí, o me curo del tirón o me muero de camino. Normal que mi amiga me llamara deprimida. En fin, que llego al cuarto y está cerrado a cal y canto y encima pone “cirugía” (en un papel, a mano) y bajo otra vez. Ahora, que antes no, hay una babushka (abuela) a la que pregunto. Me dice que sí, que está ahí (después de mirar la lista de ingresos en un antiguo cuaderno que toda babushka que esté en una recepción tiene. Las de mi resi también) pero que no puedo ir a verla porque como es fin de semana se acabó el horario de visitas (pero ¡que es lunes!) y que ella tampoco puede venir a la sala de espera. Le digo que le traigo cosas que necesita. Se ofrece para dárselas ella misma. Llamo a mi amiga, se lo digo. La babushka dice algo. Me hago un lío, cuelgo. Creo que la babushka dice que si mi amiga puede andar, sí puedo ir a su pasillo. No entiendo nada, pero desistí hace tiempo a entender una serie de cosas en esta ciudad. Me llama mi amiga. Le paso con la babushka directamente y la sigo, dócil, donde sea que me vaya a llevar. Cuelga, llama a una puerta. De repente se abre y dentro hay una habitación con una mini mini camilla, una mesita, un teléfono y una señora. Es un ascensor muy viejo que sube a trompicones. Llegamos al sexto. Bajamos al quinto y por supuesto, mi amiga no está ahí y la mujer se molesta un poco. Vamos al cuarto y ¡¡¡por fiiiiiin!!! De entre las sombras del pasillo en el que debería rodarse una película de terror, sale mi vietnamita en pijama. La babushka me dice que luego tengo que bajar porque desde el cuarto piso no se puede salir porque han cerrado la puerta.

Como el horario de visitas se acabó, la gente que vino de visita y los enfermos convalecientes estamos en el vestíbulo. No hay asientos y hace un poco de frío. Hablo con mi amiga y le doy sus cosas. Me explica que la primera noche saltaron tres veces las alarmas de incendio porque alguien salió a fumar al pasillo. El edificio se cae a cachos pero las alarmas de incendio son hipersensibles. Desalojar eso debe ser para verlo. No he visto donde está ingresada pero me ha dado entender que cada uno se cocina sus cosas. Se acabó la comida de hospital, olé. Me ha dicho que las duchas no funcionan, pero no entendí porqué.

Me voy porque ya es de noche (a las 5 de la tarde). El edificio aumenta sus dimensiones para salir y se convierte en un laberinto. Por lo menos, mientras me pierdo, descubro que están pintando otras plantas. ¿Es, tal vez, una restauración o tan sólo un intento de darle color al asunto y que no de tanto miedo? Nunca lo sabremos. Tardé 20 minutos en salir a la calle. Y vuelta a casa en un autobús de los años 50.

Posted by Inechka at 15:49:34 | Permalink | Comments (1) »